sábado, 1 de febrero de 2014

Sangre y Actitud

Sangre y Actitud

No se hablaban. Se miraban amenazándose. Uno de ellos tenía las manos manchadas y el otro la camisa. La cusa, un bolígrafo explotado. Era de ella. Alguien bufo aburrido cerca de ellos. Ese ser se había tranquilizado de su teatrillo. Ahora esperaba, si se iban a zurrar o cualquier cosa. Disimilaba su inquietud. Solo le faltaban las palomitas. No aguanto más la situación. Le superaba el silencio.

-¿Vais a seguir así? –Soltó rompiendo la tensión.

Apartaron la vista. Le estaban prestando atención. Ella frunció el ceño y apretó el puño. Su amigo no le iba a decir nada. Le conocía desde siempre. Recibió un golpe bajo en el estomago. Se habían puesto de acuerdo. ¿Cómo? Se quedo encogido. Se lo merecía.

-¿Qué hice?- le salió la voz muy aguda. Los miro angustiado.

No hubo respuesta por parte de ninguno de los dos. Ella volvió apretar el puño. Su intención era golpearlo de nuevo. No lo hizo. Él la agarro de la otra muñeca y la arrastro al otro extremo del pasillo. Su amigo no necesitaba ser golpeado otra vez. Refunfuño por el camino. Al llegar a las puertas de los servicios, la empujo a entrar. Él no entro. Era el servicio de las chicas. Por su parte fue a los vestuarios masculinos. En su taquilla solía guardar una camisa de repuesto. No tardo en hacer el cambio. Pero tuvo que esperar un buen rato. Ella no salía. Parecía no poder limpiarse el estropicio que ella provoco. Salió refunfuñando aun más. Él le lanzo su camisa manchada. Le cayó en la cabeza en modo velo. Bufo rabiosa. Se la quito arrugándola aun más como si quisiera destruirla.

-¿Y esto? – La golpeo con ella en modo látigo.- ¿El señor quiere que se la lave?
-Sí, tú la has manchado.- Frunció el ceño.
-¡Ya! ¡Pues lávala tú! – Se la lanzo hecha bola.- ¡Es tuya!

La había irritado más de lo normal. No sabía como lo había hecho. En anteriores ocasiones, la irritaba con solo llamarle con sus apelativos. Además no le había dicho nada malo. Según para él. No era extraño, sino normal.  Quien lo ensucia, lo limpia. Eso lo repetía muchas veces su madre. ¿Qué le diría su madre, si lo ve? Recogió la camisa y la arrugo. ¿La verdad? No. Mejor lo desecho. Una escusa era su mejor opción. Aunque primero las clases. Fue hacia el aula pensándolo.
Regreso a casa con miedo. Su madre estaría allí. Opto por no entrar por la puerta principal, sino por la trasera que da a la cocina. Saco la camisa acercándose al fregadero. Abrió el grifo y mojo el manchón rojo. Busco algún liquido para quitarlo. No supo que usar. Le echo un montón de jabón y froto con fuerza. De vez en cuando vigilaba la puerta. La mancha no salía. La había dejado secar desde el incidente, unas tres horas exactas. Maldijo en voz alta. Tiro cabreado la camisa al fregadero. Lo dejo por imposible. Al darse la vuelta se pego un susto. Su madre estaba allí horrorizada.

-¡Hijo ,- señalo la camisa- eso…- Se temía lo peor.- ¿Eso no será sangre?
-Mama, - Cogió un poco la camisa para enseñársela.- es tinta roja. He estado frotando, pero no se quita con nada.
-¡Menos mal! –Se tranquilizo.- La tinta no se quita con jabón. Dámela. –Le aparto del fregadero y le quito la camisa de la mano.- Se cómo deshacer esto. Tu padre suele tener este tipo de accidentes. –Le guiño el ojo. Lo capto enseguida. Su padre solía quedarse dormido con algún bolígrafo cuando trabaja hasta tarde.
-Vale mama.- Le dio un beso en la mejilla.- ¡Gracias!

Se había librado de una buena. La cara de su madre era un poema. Parecía creer lo que no era, como sangre. ¿Qué película se había montado? Él no sería capaz de hacer tal cosa. Nunca se había peleado con nadie. Ojala no le sucediera nunca. Lo de pelearse con alguien. Llegar a los puños. De momento no quería nada de eso. Toco la madera de su escritorio con la yema de los dedos. Necesitaría mucha suerte.

Le pareció ver algo extraño. Bueno, no. En realidad, no era nada. Eso creía. Tuvo que mirar otra vez. Lo era. Ella llevaba puesto unas pequeñas lentes y un par de libros. Nunca la había visto con tales cosas. Se aguanto la risa. Eso no iba a durar mucho. En cuanto llego, hizo una frontera entre ellos dos con los libros. Ella evitaba sus típicos dibujitos por todos lados. Empezó a atender en todas las clases por primera vez. Se asombro y extraño al mismo tiempo. Sus apuntes eran más limpios, claros y muy resumidos que los suyos. La envidio un poquito. Para él, los suyos eran mejores. Aunque solo él los entendiera. Se disgusto varias veces al compararlos. No lo entendía. El profesor Minato vio la duda en su rostro.

-¿Sucede algo, Hatake? –Pego un bote al oírle.- Se te ve distraído.
-No, -Paso varias hojas de su cuaderno con nerviosismo.- no sucede nada.- Empezó a escribir. Ella regresaba.- Estoy bien.
-¡Bienvenida sobri! –Exclamo alegre el profesor. Volvió a sobresaltarse por su culpa.- ¡Al fin has regresado! –Tampoco entendió eso último. Parecía ridículo.
-¡Eh! Solo he ido al baño - Contesto algo borde.- y no soy tu sobrina.
-Vale… -Se le fue el aniño. Fingía.- ¡Bueno chicos empecemos la clase! –Abrió el libro.- Abrid el libro por…

Esa semana paso muy lentamente. Cada mañana pasaba lo mismo. Ella llegaba y hacia su muro de libros. Se sentía ignorado. ¿Por qué? Algo le pasaba. Ya ni le llamaba por sus apelativos. Empezaba echarlo de menos. Era todo muy confuso. ¿Qué le estaba pasando? En varias ocasiones deshizo la frontera. Se sentía un poco molesto. También, la actitud de ella lo había descolocado bastante. No entendía nada a las chicas. Suspiro frustrado ante una rara idea de su mente. La deshecho de inmediato. Eso era imposible. Aun era muy joven y le asqueaba un poco. Dejo de pensarlo. Un buen método seria estudiar. Pues dentro de poco tendrían los exámenes finales. Contaba los días que le faltaban para no aguantar más esa situación.

El dragón regreso a sus sueños junto con otras voces. Le gritaban. No las entendía. ¿Qué querían decirle? ¿En qué idioma le hablaban? Esas voces le sonaban, pero no las ubicaba. Esos ojos dorados volvieron también. No hacía nada. Solo lo observaban mientras las voces le gritaban. ¿Qué querían de él?

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