domingo, 7 de septiembre de 2014

Celos y Preguntas

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Celos y Preguntas

La tarde noche se le hizo pesada. No aguantaba las risas procedentes de la casa de al lado. Estaba de los nervios. No lograba concentrarse en el estudio. No se enteraba de nada de  lo que daban en la televisión. Tampoco entendía el porqué estaba de ese modo. Tan molesto por la presencia de ese muchacho. Le alteraba un poco, no, bastante. Intento distraerse con música. Se coloco los auriculares y subió el volumen. Por lo menos amortiguaban los ruidos del mundo exterior. Al fin logro concentrarse.  Tan concentrado estaba que pego un bote al sentir una mano sobre su hombro. Se asusto. Era su padre. Había ido a buscarle.

-¿Qué sucede?- Pregunto al tranquilizarse del susto.-
-Te he llamado varias veces. La cena ya esta ahecha.- Había ido a llamarlo para ir cenar.- Si no vamos, mama nos dejara sin cenar.
-¡Ah! Es verdad.- dijo desganado. Apago el reproductor de música y lo guardo junto a los auriculares.- vamos.
¿Estás bien hijo?- Lo notaba más raro de lo habitual.- Se ve mala cara.
-Papa,- esbozo una pequeña sonrisa.- estoy bien. Tan solo he tenido un día extraño.

Padre e hijo no hablaron más. Bajaron al comedor. Allí les esperaba la esposa de uno y la madre del otro. Al verla sintieron miedo. En su mano sostenía un gran cucharon de madera. Con ella golpeo la mesa y les echo la buena bronca. Se sentaron rápido a la mesa. Sin llevar la contraria a la mujer se cenaron todo, hasta lo que no gustaba.

Los ojos dorados regresaron a sus sueños. No lo perseguían. Ni lo asustaban. El gruñido de aquel  dragón tampoco. Era extraño. Solo lo observaban con tristeza. Poco después se encontraba en un claro. Allí se encontraba aquel extraño muchacho. Vestía otras vestimentas.  Parecía estar esperando a alguien con impaciencia. De entre los arboles surgió una mujer. No veía su rostro. Entre los pliegues de su capa pudo distinguir un objeto plateado. No le prestó mucha atención. Solo se fijo en sus ojos. Eran dorados. Eso lo asusto. ¿Qué estaba sucediendo? No lo entendía.
-No la tengas miedo.- Le hablo el muchacho.- La conoces. La conocemos. La…-La mujer le interrumpió. Le estaba susurrando algo al oído.- Recuérdala. Se lo prometiste.

No alcanzo a decir nada. Ni a preguntar nada. Pues su sueño cambio de lugar. Ahora estaba a la entrada del colegio.  ¿Esperaba a alguien? Eso no lo sabía. Veía a  sus compañeros de clase irse a casa. ¿Entonces qué hacia ahí? Un ser llamo bastante la atención. Era el muchacho que decía ser él. Le estaba señalando a una pareja. Era su enemigo y ese otro chico de la escuela enemiga. ¿Qué hacían? Se estaban abrazando. Apretó el puño con rabia. No podía permitir eso. Un sentimiento dentro de él hizo eco. Apretó el puño con rabia. No aguantaba esa escena. Sus pies se movían solos hacia allí. Cuando los alcanzo, el despertador sonó. Su despertar no fue agradable. Sentía ese horrible sentimiento aun dentro de él.
Caminaba sin rumbo fijo hacia el colegio. Iba con la mente en blanco. Sus movimientos eran erráticos. Parecía n zombi. No atendía a los saludos de sus compañeros quienes le pasaban de largo. No estaba atento a los sucesos de su alrededor. Como la llegada de su amigo Obito. Este hablaba y hablaba, pero no lo escuchaba. Volvió en si cuando la vio a ella junto con ese muchacho. La estaba besando. En ese momento recordó la parte final de su sueño. No quería ver esa escena. Así que paso de largo y entro al colegio. Por el camino se olvido de Obito. Se había quedado boquiabierto ante el panorama. Aunque tardo varios minutos en darse cuenta de que estaba solo.
Aquello le había alterado el humor. Tenía ganas de golpear a alguien o romper alguna cosa. Lo paso con la pobre silla. Le pego una patada ante la mirada atónita de sus compañeros. La dejo ahí tirada por un buen rato. Dejo la bandolera sobre el pupitre. Ya calmado, coloco en su sitio la silla. Pronto llegaría el profesor y debía preparase. Obito llego después de lo sucedido. Alguien se lo había contado en el pasillo.

-¿Estás bien? –Se desplomo en la silla contigua a la suya.- Lo de antes…-No se atrevió a preguntar por el incidente.
-Estoy bien –Forzó su sonrisa. Np quería preocupar a su mejor amigo.- Obito.

No, no lo estaba. Estuvo todo el día esquivando a sus compañeros. Prefería estar solo. No le apetecía hablar con nadie. Ni aguantar el parloteo constante de sus amigos. Le soltó una escusa a la hora de comer. En esas horas muertas huía a su santuario, la biblioteca. Por lo menos estaría tranquilo y relajado. Allí no había nadie. Solo el profesor de guardia sustituyendo al bibliotecario. Lo saludo al entrar con un leve movimiento de cabeza. Luego se dirigió  a lo más profundo de la biblioteca.
No supo cuanto tiempo transcurrió. En aquel lugar el tiempo se congelaba. Miro el reloj. Se había saltado las últimas horas de clase. Era muy raro en él. Se levanto desganado del suelo. No le apetecía lidia con ella. Ni con nadie. Fue a clase a recoger sus cosas. Iba arrastrando los pies y cabizbajo. Como si el suelo le daría la respuesta a todas sus preguntas. Se sobresalto al bajar el primer peldaño de las escaleras. Era ella. ¿Acaso lo estaba esperando o buscando?

-Imbécil.- Le insulto al verle. Su típico saludo.- ¿Dónde estabas? Te has perdido la reunión.- Le entrego unos formularios.- Son tuyo.
-¡Ah!- Lo dijo en tono muy seco.- Gracias.- No hablo más. Paso a ignorarla.-

Escucho risas infantiles procedentes de un parque cercano. No recordaba haber cogido ese camino. Eso le pasa por caminar con la mente en otro lado. En realidad, estaba confuso. No entendía que le pasaba. Estaba raro. Se sentó en uno de los bancos alejados de los columpios. Desde allí podía ver la amplia extensión del lago. El sonido de la naturaleza lo tranquilizaba. Entonces una sombra se sentó en el otro extremo del banco. Por instinto se movió hacia un lado. Ya era una costumbre en él. No se atrevió a mira quién era. Podría ser un anciano con una bolsa de migas de pan o alguien leyendo un libro.

-Hatake. – Reconoció esa voz. Era su compañera de clase y amiga de su enemigo.
-Araki.- Así se saludaban los dos, usando sus respectivos apellidos.- ¿Qué hace aquí?
-Yo me preguntaba lo mismo.- Sonio con malicia. La situación le parecía un poco graciosa.- Sabes. A Monioka siempre le has gustado.

Aquellas palabras lo conmocionaron. Iba a preguntar por ello, pero era demasiado tarde. Araki había desaparecido como por arte de magia. No comprendía ese extraño comportamiento de su compañera. Eso mismo le había hecho ya un par de veces. Soltaba una bomba y desaparecía.  Era un caso. 
Alzo la vista al cielo para despejar la mente. Las nubes grises lo cubrían todo. Una gota cayó en su frente. Estaba a punto de llover. Un rayo ilumino el cielo. Su forma asemejaba al de un dragón. Se levanto entre asombrado y asustado. No sabía cómo estar. Al poco rato se pudo escuchar el trueno. Era como el  rugido del dragón de sus pesadillas. Algo en su interior le decía que debía irse de allí cuanto antes.

Llego justo a tiempo. Se puso a salvo en casa. No debía temer de la tormenta. No le iba hacer nada. Dejo sus zapatos embarrados en el zapatero. Los escondió de los ojos de su madre. Luego dejo su bandolera y chaqueta tiradas en el sillón. Un gruñido lo asusto más que el trueno. A todo correr encendió la luz del salón. Era su padre. Estaba tirado en el sofá con cara de sueño. Ese día tenía fiesta en el trabajo.

-¡Papa! –Al gritar le salió una voz aguda como cuando era pequeño.- Me has asustado.- Puso una mano sobre su pecho.- ¿Qué haces ahí tirado?
-¿Qué hora es? –Se incorpora perezosamente. Se alarma al ver la hora.- ¡Tu madre me mata!-Pega un salto para levantarse.- ¡La cena!
-Mama llegara dentro de una hora, papa.- Intenta tranquilizar a su padre con ese dato.
-No. No.- Se escandaliza y va la cocina. Desde allí le sigue hablando.- Tu madre querrá la cena en cuanto llegue. La conozco.
-Papa. –Vio como su padre desordenaba la cocina.- Papa.- Lo llamo varias veces, pero ni caso.- ¡Papa!
-¿Si? -Esta vez sí le había escuchado. Estaba poniendo una sartén al fuego.- ¿Quieres algo hijo?
-¿Puedo hacerte una pregunta?- No se atrevía a decirle sus dudas abiertamente. –Es sobre…
-Suéltala ya, hijo.- Echo a la sartén un trozo grande de carne.-
-¿Cómo  se sabe, si a alguien le gustas? –Se quedo aliviado al decirlo.-

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